Vos sabes cómo nos divertimos, el corso era un asco pero
nosotros nos divertimos igual. El Ángel se consiguió unos plumachos, dice que
los trajo de la isla y que crecen en una planta, pero eran como plumas de
avestruz. Después me fijé que en un quiosco los vendían a veinte sopes cada
uno, qué atorrantes, imagínate que esas cosas crecen en los árboles y los tipos
las venden a veinte mangos.
Hacía un tornillo que te la debo, pero igual las minas
andaban casi en bolas en las carrozas, yo siempre digo que estas ñatas con tal
de andar en bolas hacen cualquier cosa. El Ángel y yo empezamos a pasarles los
plumachos por las gambas, vos sabes qué plato. A las tipas les gustaba, pero
algunas ponían cara seria para disimular, vamos, viejo, a quién no le gusta que
le hagan cosquillitas. Un jetón que iba en una pica llena de florcitas le dijo
al Ángel por qué no se las metes a tu abuela y el Ángel le refregó el plumacho
por la cara. El tipo hizo como que se bajaba pero cuando nos vio las caras
subió el vidrio y la dejó a la hermanita en el capó y el Ángel le rompió tres
plumachos entre las gambas, estuvo exagerado.
Pero lo grande fue cuando vino el hindú en un forcito del
tiempo e mama. Este hindú venía todo desnudo, menos un calzoncillo cerradito y
un turbante en el melón con una piedra divina, te lo juro. Iba sentado en el
capó, con las patas cruzadas, seguro que lo vio en el cine. Con una mano se
agarraba la barriga, y con la otra se tocaba la piedra del melón y después el
pecho y saludaba, hablando bajito en un idioma. Pero lo mejor que hacía este
hindú era que en cada bocacalle se tomaba un trago de un frasquito, prendía un
fósforo y escupía unas llamaradas de samputa.
Cuando el Ángel lo vio, se quedó enloquecido y empezamos a
seguirlo.
Yo le decía déjame de joder, mira las minas, y el Ángel
nada, el hindú lo tenía entusiasmado, lo miraba de arriba abajo como si fuera
Nélida Roca. Ahí supe que iba a hacer una cagada, porque el Ángel será lo que
vos quieras, menos eso.
Cuando quise acordar estábamos frente al palco el hindú con
el forcito y al lado el Ángel y yo detrás. Entonces el hindú mirando el palco
donde estaba el intendente, echa la cabeza para atrás y se manda un trago doble
de la nasta, y mirando al cielo se arrima el fosforito. Y en eso lo veo al
Ángel que levanta el plumacho y lo toca justito en el hueso
de la garganta, y el hindú empieza a escupir fuego hasta por los ojos y se
siente un olor a bife que no te cuento, el hindú parece que se quema, y yo hago
lugar para los bomberos, o sea que me rajo. Y por la otra vereda lo veo al
hindú que lo corre al Ángel, y ya no le habla en el idioma sino que le dice la
puta que te parió, la puta que te parió, y menos mal que no lo agarra porque si
no
Publicado en Los Oficios Terrestres, 1965
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